La Escenografía
   por Saulo Benavente
    (11/02/1916 - 26/07/1982)


Rodolfo Franco

Pulcinella
Pulcinella
Teatro Colón / 1928

Sadko
Sadko
Teatro Colón / 1930

Saulo Benavente
Saulo Benavente

La Gruta
La Gruta
Teatro Argentino / 1963

La mujer sin sombra
La mujer sin sombra
Tetro Colón / 1949

Helena o la alegría de vivir
Helena o la alegría de vivir

Teat. Univ. Franco-Argentino

Mario Vanarelli
Mario Vanarelli

La Cuarterona
La Cuarterona
Teatro Colón / 1951

Cuentos de Hoffmann
Cuentos de Hoffmann
Teatro Colón / 1983

Germen Gelpi
Germen Gelpi

Don Pasquale
Don Pasquale
Teatro Colón / 1977

Don Pasquale
Don Pasquale
Teatro Colón / 1977

Luis Diego Pedreira
Luis Diego Pedreira

Rita
Rita
Teatro Colón / 1967

El Mandarín Maravilloso
El Mandarín Maravilloso
Teatro Colón / 1967

Argentores, Sociedad General de Autores de la Argentina, contando con el beneficio de un subsidio del Fondo Nacional de las Artes, a instituido una serie de premios anuales a la labor teatral. Cada una de las distinciones a otorgar llevará el nombre de un destacado hombre de teatro argentino, y el de Rodolfo Franco será el que corresponda a la que ha de ser juzgada como la escenografía mas meritoria.
Este recuerdo, con lo significativo que tiene como homenaje, sirve para que de una vez y desde ahora en adelante - ponderando la obra de quien fuera el originador de la actual escenografía argentina - pueda quedar marcada la iniciación de un importante período de la evolución en la historia de nuestro teatro.
Rodolfo Franco fue el artista que encaró entre nosotros por vez primera la escenografía como arte dramático, concurrente fatal, integradora de la creación, en el indivisible complejo que forma la obra teatral. Su visión, su quehacer, su conducta se ajustaban ya en un todo, hace casi treinta años, a lo dramáticamente es sólo expresable por medios visuales. Además, y esto es fundamentalmente importante en su obra, dejó discípulos. En 1934 creó el Taller de Escenografía de la Escuela Superior de Bellas Artes de la Nación, dónde fue preparando año tras año los estudiantes que habrían de formar más tarde la primera generación de escenógrafos específicamente teatrales, gestores de todo un movimiento con características particulares, revolucionario en el momento con sus obras distintivas; movimiento que sería prolongado una y dos veces por sendas nuevas generaciones, formadas cada una en un aprendizaje hecho con la experiencia y enseñanzas de la anterior, hasta llegar al momento actual en que puede decirse de que la singularidad de la escenografía argentina, que, con sus características que le son privativas, la capacidad de sus representantes, la extensión de su labor y la positiva contribución al evolucionado teatro argentino, se ha hecho merecedora de ponderaciones elogiosas aún fuera de los límites del país.

Hasta la incorporación de Rodolfo Franco, la escenografía en la Argentina se encontraba en el campo del que la escenografía europea no había sido hasta fines del siglo pasado; el de las decoraciones naturalistas consistentes en reproducciones, bien convencionales en la casi la totalidad de los casos, de un determinado lugar geográfico, una arquitectura, o una artificiosa recreación arqueológica, solicitada por el texto en una acotación de dos o tres palabras: "un palacio", "una casa pobre", "un salón rico", "jardín". Los escenógrafos, dadas las exigencias de la modalidad, no eran sino excelentes artesanos con extraordinario dominio de los recursos de las perspectivas, del la técnica del claroscuro, de los efectos del "trompe l´oeil". Extraordinarios pintores decoradores de oficio, hábiles dibujantes, cuya función terminaba con la entrega de los grandes trozos de papel o tela que compondrían el decorado y sin intervención posterior alguna en la ambientación, iluminación, determinación del vestuario y accesorios.
Excepcionalmente alguno que otro pintor hacía una incursión por los escenarios, y su aporte, inapreciable por lo que en sí llevaba de imaginativo o poético, eventualmente se desmerecía por la ausencia de calidades dramáticas, que sólo pueden estar dadas por el hombre de teatro. Quedaba solo siempre el saldo positivo de una presencia diferente, inesperada conformación plástica invitante a pensar en la necesidad de encarar nuevas formas de decorar o de la posibilidad de enterarse que las escenografías también podían hacerse de otra manera.
Rodolfo Franco, pintor, supo entrever que ya la pintura no era el único medio, limitado medio, con que podía y debía expresarse un escenógrafo. Vuelto de Europa, dónde había sido testigo de la obras de los renovadores teatrales del año 14 en adelante, de los alcances de la revolución realizada por la iluminación eléctrica racionalmente explotada, de su inmediata consecuencia: la valoración de las tres dimensiones del espacio donde ocurre el teatro y de la definitiva aceptación de éste como un arte concreto, unitario, total que, liberado de la servidumbre a otras formas artísticas, había dejado de ser "representación" para convertirse en arte único de creación dramática, se dedicó plenamente a la actividad teatral, creando afanosamente escenografías y orientando a los que habrían de ser sus continuadores en la rigurosa línea que impone un arte primordialmente escénico, activo y vital, cuyo fin no era el de brindar inertes decorados pintados, poseedor de un rico repertorio de medios expresivos, amplio y variado, en el que tanto cuenta la forma y el color, como el movimiento y el tiempo para la formación de un lenguaje que hace posible las elocuentes figuras y metáforas que le son propias y exclusivas.
Es entonces su labor intensa y fecunda, abarca los más variados géneros. Responsable siempre de todo lo "gráfico" de la puesta en escena, cuida los más mínimos detalles, se ocupa de muebles y utensilios, proyecta los vestuarios y crea las iluminaciones, con tanta maestría como pobreza de recursos, persiguiendo siempre a todo trance el logro de un todo armónico y equilibrado. A la vez que educa haciendo comprender porqué esto debe ser de esta manera, y crea sus discípulos.
Es a estos discípulos a quienes se les da la afortunada circunstancia de tener que desempeñarse como los primeros escenógrafos específicos, totalmente escenógrafos y nada más que escenógrafos. Llegan a serlo por las circunstancias de diversos factores: primero el ejemplo de Franco, y luego el aprendizaje artesanal, el del oficio manual que se ven obligados a desempeñar en los talleres de realización en que trabajaban; los conocimientos que adquieren en los cursos de la Escuela Superior de Bellas Artes; las enseñanzas que aportan las compañías extranjeras que visitan el país, (Jouvet y el Ballet Joos son las dos más importantes revelaciones); y la práctica y experiencia invalorable que proporcionan los primeros teatros independientes en los albores de ese movimiento que ha de llegar a ser más tarde un verdadero vivero de excelentes escenógrafos. Y el proceso se repite y vuelve a repetir. Fueron los discípulos de Franco - siguiendo esa línea que mantiene invariable por su adecuación y justa correspondencia con un elemento evolucionado y en progreso del teatro argentino- quienes forman a su vez a otros discípulos, y éstos a los otros, de la nueva y reciente formación de jóvenes, numerosos y capaces, ubicados ya perfectamente en el quehacer artístico teatral, compenetrados plenamente de la función que le corresponde cumplir al escenógrafo contemporáneo.
En un cuarto de siglo evolucionó en nuestro país con un ritmo propio, intenso y acelerado que permitió al teatro argentino presentar montajes escénicos a un mismo nivel de bondad que el de los más avanzados del mundo. El proceso iniciado por Franco, continuado por sus alumnos, favorecido por la proliferación de teatros independientes con sus exigencias de calidad y sus precarios medios que obligaban a forzar el ingenio y la invención, manteniendo sin interrupción, continuado, tiene por consecuencia lo que ahora podría llamarse "la modalidad argentina", a que en ciertos aspectos y por su madurez de adelanta a las exigencias del teatro de ahora, que en su evolución prevé la inmediata necesidad de la integración con una escenografía dueña el dominio de la escenotecnica, plena de recursos dramáticos y manejo de las artes plásticas, que se exprese y concrete con su particular lenguaje hecho de los infinitos recursos que le proporciona el mundo de hoy, poseedor de una extraordinaria riqueza de descubrimientos e invenciones.
El escenógrafo joven argentino está bien ubicado en el teatro contemporáneo. Domina el conocimiento de su oficio, sabe de la urgente necesidad de buscar formas renovadoras y su inquietud lo lleva así a proyectar nuevas arquitecturas teatrales, a inventar dispositivos técnicos y experimentar materiales. Su vocación toma realidad en un infinito de variaciones expresivas originales.
Su aprendizaje y práctica profesional ha sido en esta ciudad de Buenos Aires, una de las primeras del mundo por el número de sus escenarios y la riqueza de repertorios representados, dándole una visión universal en el campo de sus tareas; su inquietud es la del hombre moderno atentamente interesado en lo que ocurre a su alrededor, preocupado porque bien sabe que todo lo que pasa en este mundo crítico que nos toca vivir le atañe profundamente, como a todos; interés suyo al que no es del todo extraña la influencia que sobre él ha tenido el pasaje, corto o prolongado, por los pequeños teatros no comerciales de justos y disconformes, y su voluntad es de construcción, como la que debe ser del hacer americano; dan lugar a un fenómeno, no tan común como quisiéramos en la Argentina: la de existir algo que indudablemente es. La curiosidad de porqué se da así, sencillamente -hoy entre nosotros donde tantas cosas no son -, el escenógrafo que es escenógrafo, nos obligó alguna vez a considerar este inventario. La institución del premio que lleva el nombre de Rodolfo Franco, hombre que fué, nos da la ocasión de decirlo ahora con palabras.

Artes y Letras Argentinas
Boletín del Fondo Nacional de las Artes / 1962


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