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Argentores,
Sociedad General de Autores de la Argentina, contando con el beneficio
de un subsidio del Fondo Nacional de las Artes, a instituido una serie
de premios anuales a la labor teatral. Cada una de las distinciones a
otorgar llevará el nombre de un destacado hombre de teatro argentino,
y el de Rodolfo Franco será el que corresponda a la que ha de ser juzgada
como la escenografía mas meritoria.
Este
recuerdo, con lo significativo que tiene como homenaje, sirve para que
de una vez y desde ahora en adelante - ponderando la obra de quien fuera
el originador de la actual escenografía argentina - pueda quedar marcada
la iniciación de un importante período de la evolución en la historia
de nuestro teatro.
Rodolfo Franco fue el artista que encaró entre nosotros por vez primera
la escenografía como arte dramático, concurrente fatal, integradora de
la creación, en el indivisible complejo que forma la obra teatral. Su
visión, su quehacer, su conducta se ajustaban ya en un todo, hace casi
treinta años, a lo dramáticamente es sólo expresable por medios visuales.
Además, y esto es fundamentalmente importante en su obra, dejó discípulos.
En 1934 creó el Taller de Escenografía de la Escuela Superior de Bellas
Artes de la Nación, dónde fue preparando año tras año los estudiantes
que habrían de formar más tarde la primera generación de escenógrafos
específicamente teatrales, gestores de todo un movimiento con características
particulares, revolucionario en el momento con sus obras distintivas;
movimiento que sería prolongado una y dos veces por sendas nuevas generaciones,
formadas cada una en un aprendizaje hecho con la experiencia y enseñanzas
de la anterior, hasta llegar al momento actual en que puede decirse de
que la singularidad de la escenografía argentina, que, con sus características
que le son privativas, la capacidad de sus representantes, la extensión
de su labor y la positiva contribución al evolucionado teatro argentino,
se ha hecho merecedora de ponderaciones elogiosas aún fuera de los límites
del país.
Hasta la incorporación
de Rodolfo Franco, la escenografía en la Argentina se encontraba en el
campo del que la escenografía europea no había sido hasta fines del siglo
pasado; el de las decoraciones naturalistas consistentes en reproducciones,
bien convencionales en la casi la totalidad de los casos, de un determinado
lugar geográfico, una arquitectura, o una artificiosa recreación arqueológica,
solicitada por el texto en una acotación de dos o tres palabras: "un palacio",
"una casa pobre", "un salón rico", "jardín". Los escenógrafos, dadas las
exigencias de la modalidad, no eran sino excelentes artesanos con extraordinario
dominio de los recursos de las perspectivas, del la técnica del claroscuro,
de los efectos del "trompe l´oeil". Extraordinarios pintores decoradores
de oficio, hábiles dibujantes, cuya función terminaba con la entrega de
los grandes trozos de papel o tela que compondrían el decorado y sin intervención
posterior alguna en la ambientación, iluminación, determinación del vestuario
y accesorios.
Excepcionalmente alguno que otro pintor hacía
una incursión por los escenarios, y su aporte, inapreciable por lo que
en sí llevaba de imaginativo o poético, eventualmente se desmerecía por
la ausencia de calidades dramáticas, que sólo pueden estar dadas por el
hombre de teatro. Quedaba solo siempre el saldo positivo de una presencia
diferente, inesperada conformación plástica invitante a pensar en la necesidad
de encarar nuevas formas de decorar o de la posibilidad de enterarse que
las escenografías también podían hacerse de otra manera.
Rodolfo Franco, pintor, supo entrever que ya
la pintura no era el único medio, limitado medio, con que podía y debía
expresarse un escenógrafo. Vuelto de Europa, dónde había sido testigo
de la obras de los renovadores teatrales del año 14 en adelante, de los
alcances de la revolución realizada por la iluminación eléctrica racionalmente
explotada, de su inmediata consecuencia: la valoración de las tres dimensiones
del espacio donde ocurre el teatro y de la definitiva aceptación de éste
como un arte concreto, unitario, total que, liberado de la servidumbre
a otras formas artísticas, había dejado de ser "representación" para convertirse
en arte único de creación dramática, se dedicó plenamente a la actividad
teatral, creando afanosamente escenografías y orientando a los que habrían
de ser sus continuadores en la rigurosa línea que impone un arte primordialmente
escénico, activo y vital, cuyo fin no era el de brindar inertes decorados
pintados, poseedor de un rico repertorio de medios expresivos, amplio
y variado, en el que tanto cuenta la forma y el color, como el movimiento
y el tiempo para la formación de un lenguaje que hace posible las elocuentes
figuras y metáforas que le son propias y exclusivas.
Es entonces su labor intensa y fecunda, abarca
los más variados géneros. Responsable siempre de todo lo "gráfico" de
la puesta en escena, cuida los más mínimos detalles, se ocupa de muebles
y utensilios, proyecta los vestuarios y crea las iluminaciones, con tanta
maestría como pobreza de recursos, persiguiendo siempre a todo trance
el logro de un todo armónico y equilibrado. A la vez que educa haciendo
comprender porqué esto debe ser de esta manera, y crea sus discípulos.
Es a estos discípulos a quienes se les da la
afortunada circunstancia de tener que desempeñarse como los primeros escenógrafos
específicos, totalmente escenógrafos y nada más que escenógrafos. Llegan
a serlo por las circunstancias de diversos factores: primero el ejemplo
de Franco, y luego el aprendizaje artesanal, el del oficio manual que
se ven obligados a desempeñar en los talleres de realización en que trabajaban;
los conocimientos que adquieren en los cursos de la Escuela Superior de
Bellas Artes; las enseñanzas que aportan las compañías extranjeras que
visitan el país, (Jouvet y el Ballet Joos son las dos más importantes
revelaciones); y la práctica y experiencia invalorable que proporcionan
los primeros teatros independientes en los albores de ese movimiento que
ha de llegar a ser más tarde un verdadero vivero de excelentes escenógrafos.
Y el proceso se repite y vuelve a repetir. Fueron los discípulos de Franco
- siguiendo esa línea que mantiene invariable por su adecuación y justa
correspondencia con un elemento evolucionado y en progreso del teatro
argentino- quienes forman a su vez a otros discípulos, y éstos a los otros,
de la nueva y reciente formación de jóvenes, numerosos y capaces, ubicados
ya perfectamente en el quehacer artístico teatral, compenetrados plenamente
de la función que le corresponde cumplir al escenógrafo contemporáneo.
En un cuarto de siglo evolucionó en nuestro país
con un ritmo propio, intenso y acelerado que permitió al teatro argentino
presentar montajes escénicos a un mismo nivel de bondad que el de los
más avanzados del mundo. El proceso iniciado por Franco, continuado por
sus alumnos, favorecido por la proliferación de teatros independientes
con sus exigencias de calidad y sus precarios medios que obligaban a forzar
el ingenio y la invención, manteniendo sin interrupción, continuado, tiene
por consecuencia lo que ahora podría llamarse "la modalidad argentina",
a que en ciertos aspectos y por su madurez de adelanta a las exigencias
del teatro de ahora, que en su evolución prevé la inmediata necesidad
de la integración con una escenografía dueña el dominio de la escenotecnica,
plena de recursos dramáticos y manejo de las artes plásticas, que se exprese
y concrete con su particular lenguaje hecho de los infinitos recursos
que le proporciona el mundo de hoy, poseedor de una extraordinaria riqueza
de descubrimientos e invenciones.
El escenógrafo joven argentino está bien ubicado
en el teatro contemporáneo. Domina el conocimiento de su oficio, sabe
de la urgente necesidad de buscar formas renovadoras y su inquietud lo
lleva así a proyectar nuevas arquitecturas teatrales, a inventar dispositivos
técnicos y experimentar materiales. Su vocación toma realidad en un infinito
de variaciones expresivas originales.
Su aprendizaje y práctica profesional ha sido
en esta ciudad de Buenos Aires, una de las primeras del mundo por el número
de sus escenarios y la riqueza de repertorios representados, dándole una
visión universal en el campo de sus tareas; su inquietud es la del hombre
moderno atentamente interesado en lo que ocurre a su alrededor, preocupado
porque bien sabe que todo lo que pasa en este mundo crítico que nos toca
vivir le atañe profundamente, como a todos; interés suyo al que no es
del todo extraña la influencia que sobre él ha tenido el pasaje, corto
o prolongado, por los pequeños teatros no comerciales de justos y disconformes,
y su voluntad es de construcción, como la que debe ser del hacer americano;
dan lugar a un fenómeno, no tan común como quisiéramos en la Argentina:
la de existir algo que indudablemente es. La curiosidad de porqué se da
así, sencillamente -hoy entre nosotros donde tantas cosas no son -, el
escenógrafo que es escenógrafo, nos obligó alguna vez a considerar este
inventario. La institución del premio que lleva el nombre de Rodolfo Franco,
hombre que fué, nos da la ocasión de decirlo ahora con palabras.
Artes
y Letras Argentinas
Boletín del Fondo Nacional de las Artes / 1962 |